La domesticación del lobo

La domesticación del lobo
Es de casi todos sabido que el perro proviene del lobo. 

De hecho, el perro no es una especie diferente del lobo, sino que constituye una subespecie de ese animal.

Lobos y perros pueden cruzarse y su descendencia no es estéril, como la del burro y el caballo, por ejemplo, que originan el mulo, incapaz de reproducirse.

La capacidad de reproducción de la descendencia cruzada entre lobos y perros es una indicación bastante sólida de que se trata de la misma especie, por más que la morfología de unos y de otros pueda ser tan diferente como la de un Chihuahua y un San Bernardo.

Una pregunta que algunos han pretendido responder para intentar comprender mejor la evolución de la especie y cultura humanas es cuándo se domesticó al lobo por primera vez, cuándo se inició su conversión en perro.

Se pensaba hasta hace unos días que el lobo fue domesticado por primera vez en Oriente Medio.

Sin embargo, nuevos datos genéticos indican que el perro se domesticó por primera vez en Asia y que desde aquí se extendió al resto del mundo.

Los estudios a los que me refiero han sido publicados la semana pasada en la revista Science por investigadores del Royal Institute de Technology de Estocolmo, Suecia, y de la Smithsonian Institution de los Estados Unidos.

 Estos investigadores se embarcaron en la búsqueda de la Eva canina, la madre de todos los perros, (o al menos la primera hija de perra, con perdón de la expresión).

Para entender cómo se puede encontrar a la Eva perra, sin embargo, hay que comprender algunos conceptos simples de genética.

Como ya saben mis lectores, los genes están compuestos por moléculas de ADN.

Estas moléculas son, a su vez, largos collares formados por la unión de cuatro moléculas pequeñas, la adenina la citosina, la timina y la guanina.

El orden en que se colocan estas moléculas sirve como molde para fabricar las diferentes proteínas de la célula, que no son sino las herramientas y piezas de la maquinaria de la vida.

El ADN es una molécula extraordinaria porque posee la capacidad de replicarse con gran fidelidad.

Afortunadamente, el proceso de replicación no es infalible y eso es lo que permite que suceda la evolución de las especies, y en particular que el lobo haya podido convertirse en perro.

Poco a poco, se van acumulando cambios genéticos que impactan tanto en la forma anatómica, como en el carácter del animal.

Los cambios más deseados por el hombre fueron seleccionados artificialmente, y es así como, en relativamente corto tiempo, se ha podido producir la enorme variedad de razas caninas que hoy conocemos.

Se sabe hoy que, durante el proceso evolutivo normal de las especies, los cambios en los genes se producen con una frecuencia determinada en el tiempo.

Por ejemplo, si se produce un cambio cada mil años y analizamos dos especies que presentan diez cambios eso querría decir que esas dos especies se separaron de un ancestro común hace unos diez mil años.

Así, para averiguar cuándo perros y lobos se separaron de su ancestro común, no hay mas que averiguar la frecuencia de mutaciones y la cantidad de diferencias que el perro y el lobo presentan.

Desgraciadamente, el proceso de selección artificial que el hombre ha llevado a cabo con el perro puede hacer imposible estimar adecuadamente esa separación.

La razón es que esa selección puede hacer que acreciente, en los perros seleccionados para reproducirse, el numero de cambios que naturalmente se producen.

Afortunadamente, existe un conjunto de genes que no se encuentran en el genoma del perro, ni en el de otras especies, pero que lo acompañan siempre.

Son los genes de las mitocondrias, los orgánulos celulares encargados de la extracción y transformación de energía de los alimentos.

Estos genes son probablemente mucho menos afectados por el proceso de selección artificial que el hombre ha llevado a cabo con el perro.

Los investigadores estudiaron los cambios que se han producido en el ADN de la mitocondria de perros y de lobos.

Para ello han utilizado tanto muestras de ADN de perros actuales procedentes de todo el mundo, como muestras de ADN de restos de perro rescatados de yacimientos arqueológicos.

Lo que han encontrado es que los ancestros del perro, es decir, los primeros lobos domesticados, parecen haberse originado hace unos 15.000 años a partir de lobos procedentes de una sola región del este de Asia.

Los estudios de estos investigadores revelaron otro hecho muy interesante.

Al parecer, los perros del continente americano proceden también de perros de esa única región asiática.

Esto es así porque el ADN de sus mitocondrias es mucho más parecido al ADN de las mitocondrias de los perros asiáticos o europeos que al de los lobos del Nuevo Mundo.

Esto significa que los primeros hombres que atravesaron el estrecho de Bering entre Alaska y Asia llevaban ya perros con ellos.

Parece, pues, que el perro no fue domesticado de forma independiente tras la colonización de América por el hombre, a partir de lobos que hacía ya mucho tiempo habitaban allí y habían comenzado a diferenciarse genéticamente mucho antes de los lobos asiáticos.

Las recientes investigaciones sobre el perro no acaban aquí.

En el mismo número de la revista Science, investigadores del instituto Max Plank de Leipzig, en Alemania, presentan los resultados de un estudio psicológico perruno fascinante.

Cualquiera que tenga perro sabrá de la legendaria inteligencia de estos animales y de cómo son capaces de comprender a veces hasta nuestros estados de ánimo.

Algo que los perros adivinan con facilidad es dónde sus amos colocan la comida.

Por ejemplo, si ponemos sobre una mesa dos recipientes, bien cerrados para evitar olores, uno que contiene comida y otro vacío, y dejamos que un perro observe como una persona mira o señala el recipiente que contiene el alimento, el perro adivinará correctamente casi con seguridad cuál es el recipiente lleno.

Esta habilidad del perro es muy superior a la de lobos criados con el hombre y supera incluso a la del chimpancé.

Lo que es más, incluso cachorros de perro de entre nueve y veintiséis semanas de edad demuestran también esta habilidad.

Por esta razón, los investigadores argumentan que el perro en su coevolución con el hombre, ha adquirido mutaciones genéticas que le capacitan para leer mejor el lenguaje corporal de las personas.

Por supuesto, esta conclusión no es del agrado de todos, y otros piensan que ese comportamiento es aprendido, y no innato.

El problema es que lo que puede ser también innato es una potencial mayor capacidad del perro para aprender el lenguaje corporal del hombre.

La polémica está servida.

Sea como sea, el mejor amigo de la Humanidad no ha librado aún todos sus secretos, que en buena parte son también los nuestros.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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